Hubo una mujer en la historia, en la misma época y en el mismo país, que también hizo arte pero para ayudar a los soldados.
Anna Coleman Watts nació en Pensilvania en 1878. Desde chica le gustó el arte y con la ayuda de sus padres pudo dedicarse a eso. Viajó a París y a Roma en donde estudió de manera privada, es decir que no asistió a escuelas o institutos de arte sino que tomó clases con escultores como Ferrari, Gallori y Rodin. En Europa conoció al doctor Maynard Ladd. Se casaron y se mudaron a Boston.
En Boston, Anna Coleman Ladd (comenzó a utilizar su apellido de casada), siguió dedicándose a la escultura. Estudió con Bela Pratt en la escuela de arte del Museo de Boston. Mientras tanto, tuvo dos hijos – Gabriella y Vernon – y escribió dos novelas: Hyeronimus Ride y The candid adventurer.
En 1913 expuso sus obras por primera vez. Llegó a exponer en la galería Gorham en Nueva York, en la galería Corcorán en Washington, DC y en la Academia de Bellas Artes en Filadelfia.
Al año siguiente estalló la Primera Guerra Mundial. Un gran cambio para la humanidad pero especialmente para Anna.
Su esposo fue nombrado Comisionado Adjunto de la Oficina de la Infancia de la Cruz Roja Americana (CRA) en Toulouse, Francia. Maynard Ladd era pediatra.
Radicados en Europa, Anna experimentó en primera persona el horror de la guerra. No es que estuviera en una trinchera pero vio llegar a los soldados con sus traumas a cuesta.
La Primera Guerra Mundial presentó armamentos que hasta ese momento no se habían utilizado: tanques que superaban las trincheras (como el tanque Mark), se utilizaron gases (cloro, fosgeno y gas mostaza) pero, fundamentalmente, una artillería avanzada que liberaba fragmentos de acero al estallar. Esta artillería, además de provocar muerte y mutilaciones de miembros, provocó desfiguraciones faciales.
Imagínense si para un soldado era difícil insertarse en la sociedad sin una o las dos piernas o brazos, la carga social y psicológica de volver a sus casas sin la mitad de la cara. Se los llamaba, despectivamente, les gueles cassés (los caras rotas).
Anna Coleman Ladd había conocido el trabajo de Francis Derwent Wood, un escultor británico que hacía máscaras para los soldados. Entendió, Anna, que ella con su arte podía ayudar.
Se ofreció como voluntaria en la CRA (Cruz Roja Americana) y convenció al Departamento de Guerra para abrir un estudio en París que financió con su propio dinero. Allí comenzó a fabricar prótesis faciales, a esculpir rostros.
En primer lugar, Anna les pedía a los soldados que le consiguieran una foto para ver cómo eran sus caras antes de la guerra. Luego tomaba un molde de yeso del rostro. Después una prueba con arcilla y plastilina. Por último, fabricaba una máscara hecha de una lámina muy fina de cobre galvanizado. Las pintaba con esmalte color piel y utilizaba pelo real para pestañas, cejas y bigotes. El proceso, claro, requería de varias sesiones.
Anna Coleman Ladd volvió a Boston entre 1919 y 1920. Antes de dejar Francia, le devolvió el rostro a más de 200 veteranos. Les devolvió, también, autoestima y confianza.
En Boston continuó trabajando con sus esculturas y exponiéndolas en diferentes centros de arte. En 1932, el gobierno francés la condecoró con la medalla de la Legión de Honor. También fue nombrada Caballero de la Croix de la Orden San Sava de Serbia.
Se mudó a California con su marido, lugar en el que murió en junio de 1939, unos meses antes de que otra Guerra Mundial oscureciera al planeta.
Anónimo: ANNA COLEMAN LADD




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